Sin techo ni suelo, o sea, aprender a vivir en la incertidumbre

Por: Fernando Lira Flores*

¡Hola de nuevo! Bienvenidos a esta entrega de El Ser y la Nada. Esencia y Tiempo.

Pensemos un instante…

Por momentos, la vida contemporánea parece haberse convertido en una especie de caída lenta. No abrupta, no dramática, sino persistente. Una sensación difusa de que aquello que antes funcionaba como suelo estable -la economía, el trabajo, la identidad, incluso el futuro-, ya no se sostiene del mismo modo. Y, sin embargo, seguimos buscando desesperadamente algo firme donde apoyarnos.

Continuamos…

El filósofo Alan Watts describía esta experiencia con una imagen radical: vivir sin “tejas sobre la cabeza ni tierra bajo los pies”.

Esto es, hemos construido nuestras instituciones, nuestras narrativas y nuestras certezas precisamente para evitar ese vacío. Pero ¿qué ocurre cuando, a pesar de todos nuestros esfuerzos, el vacío aparece de todos modos?

La respuesta habitual ha sido intentar llenarlo con más información, más control, más planificación. Sin embargo, en un contexto global y nacional cada vez más volátil, esa estrategia empieza a mostrar sus límites.

Veamos unos ejemplos cotidianos.

En México, al igual que en muchos países, la economía se ha convertido en un espejismo de la estabilidad. La inflación reciente ha dejado de ser una cifra abstracta para convertirse en una experiencia cotidiana. El costo de la canasta básica, el aumento en rentas y servicios, y la presión sobre los ingresos familiares han instalado una sensación de inestabilidad persistente. A nivel global, fenómenos como las disrupciones en cadenas de suministro o conflictos geopolíticos han reforzado esta percepción.

Frente a ello, la reacción lógica ha sido intentar recuperar control, ¿cómo?, con presupuestos más estrictos, previsiones más detalladas, estrategias para blindar el futuro. Pero esta lógica parte de una premisa cuestionable e indicaría que la estabilidad total es posible.

Desde una perspectiva cercana al pensamiento de Watts, el problema no es la fluctuación económica en sí, sino nuestra expectativa de que el sistema debería ser completamente predecible; por lo tanto, esto conduce a una ansiedad que no proviene únicamente del cambio, sino de la resistencia a aceptarlo como condición permanente.

Otro ejemplo sería el del cambio tecnológico, que, con las inteligencias artificiales, han introducido una inquietud más profunda como la automatización de tareas y esto cuestiona la relación entre identidad y función. Durante décadas, el trabajo ha sido uno de los pilares sobre los que se construye el sentido del yo. ¿Qué ocurre cuando ese pilar se vuelve inestable por estas inteligencias artificiales como nos han hecho creer?

La reacción dominante ha sido redefinir competencias, adaptarse, reconvertirse. Todo ello es necesario. Pero hay una dimensión menos explorada; la posibilidad de que el “yo” nunca haya sido tan sólido como creíamos. En ese sentido, la crisis tecnológica no crea el vacío; lo revela.

Otra circunstancia sería el Hoy no Circula como norma y regulación del cambio climático, ha hecho visible otra forma de inestabilidad. En México, las sequías en el norte, las olas de calor y la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos han alterado la percepción de regularidad natural. A escala global, la incertidumbre climática se ha convertido en un factor estructural.

La respuesta ha oscilado entre la acción urgente y la búsqueda de certezas: modelos predictivos, acuerdos internacionales, metas de reducción. Sin embargo, incluso los escenarios más optimistas reconocen un margen inevitable de imprevisibilidad.

Aquí, nuevamente, aparece la tensión entre actuar y aceptar -como indica Watts-. El reconocimiento de la incertidumbre no implica inacción, pero sí exige abandonar la expectativa de control absoluto.

Otro ejemplo de esta filosofía adoptada por Watts sería el de la fragilidad de la protección, o sea, la inseguridad.

En diversas regiones del país, la inseguridad refuerza la necesidad de estructuras firmes: instituciones sólidas, marcos legales eficaces, entornos controlados. Esta búsqueda es legítima y necesaria. Sin embargo, incluso los sistemas más robustos no eliminan por completo la incertidumbre.

Cuando la seguridad se concibe como garantía total, cualquier fisura genera un impacto mayor. La sensación de desprotección no solo proviene de los hechos, sino del contraste con la expectativa de estabilidad absoluta.

Y, ¿cómo podríamos minimizar estos impactos de estas variables externas que afectan directamente?

A diferencia de tradiciones filosóficas occidentales que han abordado el vacío como problema, Watts propone un enfoque distinto: no resolver el vacío, sino habitarlo.

Esto no significa adoptar una postura pasiva ni renunciar a la acción. Significa, más bien, cuestionar la premisa de que la estabilidad absoluta es condición necesaria para vivir con sentido -que también lo mencionaba Frankl en la logoterapia-. En lugar de buscar un suelo inamovible, se trata de desarrollar una forma de equilibrio que no dependa de su existencia.

En términos prácticos, esto implica una transformación sutil pero profunda: pasar de la obsesión por el control a una relación más flexible con la incertidumbre. No eliminar la planificación, sino relativizar su alcance. No negar la necesidad de seguridad, sino reconocer sus límites.

Retomamos la idea inicial de vivir sin “techo ni suelo”, que resulta de desafiar una intuición profundamente arraigada: que la estabilidad es el estado natural y la incertidumbre una anomalía. Sin embargo, la evidencia contemporánea sugiere lo contrario.

La economía fluctúa, la tecnología redefine identidades, el clima se transforma, las estructuras sociales evolucionan. En ese contexto, insistir en certezas absolutas puede generar más tensión que alivio.

La propuesta implícita -desde la perspectiva de Watts interpretándola- no es eliminar la incertidumbre, sino modificar la relación con ella. Aceptar que no hay suelo completamente firme no conduce necesariamente a la caída; puede, en cambio, abrir la posibilidad de una forma distinta de estabilidad, menos rígida y más adaptable.

Y, en un entorno marcado por la volatilidad, la pregunta ya no es cómo recuperar un mundo completamente predecible, sino cómo habitar uno que no lo es. La respuesta, al menos parcialmente, podría no estar en construir más certezas, sino en aprender a vivir sin depender de ellas.

La cuestión es cómo elegimos experimentarla.

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Hasta el siguiente artículo del Ser y la Nada, Esencia y Tiempo, En donde la cuestión sería… No hay techo completamente seguro ni suelo absolutamente firme. Y, sin embargo, la vida continúa.

*Administrador de Baldemart y Asociados S.C. y docente desde bachillerato hasta posgrados en instituciones educativas públicas y privadas.