Leer para existir. Cuando las palabras despiertan el pensamiento
Por: Fernando Lira Flores*

¡Hola de nuevo! Bienvenidos a esta entrega de El Ser y la Nada. Esencia y Tiempo.

En la reflexión anterior, se abordó la escritura como una forma de ordenar ideas, comunicar con claridad y construir sentido. Sin embargo, quedó una pregunta suspendida, de esas que atraviesan silenciosamente toda práctica de escritura:

Si escribir implica pensar… ¿de dónde provienen las ideas que organizamos al escribir?

Continuamos…

Porque quizá el problema no radica únicamente en cómo se escribe, sino en algo más profundo: en qué tanto se lee.

La escena es cotidiana. Un estudiante frente a una hoja en blanco, un profesionista redactando un informe, alguien intentando expresar una idea importante sin encontrar las palabras adecuadas. No es que no exista algo que decir, sino que faltan los recursos para decirlo.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿se puede escribir bien sin leer?

La respuesta, parece clara… difícilmente.

La lectura no es un complemento de la escritura, sino su origen. Es el espacio donde las ideas se forman, se confrontan y se vuelven propias. Como afirma Jorge Luis Borges, “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

Leer no es acumular información, es aprender a pensar con otras voces.

Cada texto deja una huella como, por ejemplo: en la construcción de las frases, en la organización de los argumentos, en la elección de las palabras. Poco a poco, esas huellas comienzan a aparecer en la escritura propia. Sin embargo, en un contexto dominado por la inmediatez, la lectura profunda pierde terreno frente al consumo rápido de información.

Se hojea, se desliza, se mira… pero pocas veces se comprende.

Y ahí comienza el problema.

Porque leer superficialmente produce ideas superficiales, y esas ideas, inevitablemente, se reflejan en la escritura. Como advierte Emilia Ferreiro, el verdadero desafío no es leer palabras, sino construir significado a partir de ellas. Por lo tanto, leer implica interpretar, cuestionar, relacionar o sea que, es un proceso activo.

Sin embargo, muchas veces se lee para cumplir… no para comprender.

Y cuando eso ocurre, la escritura pierde profundidad.

Basta imaginar dos escenarios. En el primero, alguien que solo consume fragmentos y mensajes breves; su escritura suele ser dispersa y poco articulada. En el segundo, una persona que se detiene a leer, que subraya, que cuestiona; su escritura adquiere estructura, claridad y sentido.

La diferencia no está en la inteligencia, sino en la relación que se establece con la lectura.

Así, leer y escribir dejan de ser actividades separadas para convertirse en un mismo proceso que podría ser que; leer es escuchar, escribir es responder.

Desde esta perspectiva, la coherencia ya no depende únicamente de la gramática, sino de la capacidad de dialogar con las ideas. Se diría que: no se trata solo de comprender textos, sino de interpretar la realidad.

Quien aprende a leer con atención, también aprende a observar, cuestionar y reflexionar. Y todo ello se refleja, inevitablemente, en la escritura.

Pero entonces surge otra cuestión: ¿cómo recuperar el hábito de la lectura en medio de la prisa?

Tal vez no se trate de leer más, sino de leer mejor.

Leer con intención. Leer con pausa. Leer con preguntas.

No es la cantidad de libros lo que transforma, sino la calidad del encuentro con ellos. Un solo texto, bien leído, puede modificar una forma de pensar.

Porque la lectura no solo mejora la escritura; transforma la manera en que una persona se relaciona con el mundo. Amplía horizontes, abre perspectivas y permite construir ideas propias.

Entonces, escribir deja de ser un acto mecánico para convertirse en una expresión auténtica del pensamiento.

Por eso, escribir bien no es únicamente una habilidad técnica, sino una consecuencia:
de leer con profundidad, de pensar con claridad, de detenerse en un mundo que impulsa la prisa.

Nuevamente, dos escenarios: quien escribe sin haber leído lo suficiente repite ideas y limita su expresión; quien ha cultivado la lectura desarrolla una voz propia y argumentos sólidos.

La diferencia no está en el talento, sino en el proceso.

En una época donde escribir parece inmediato, leer se ha convertido en un acto casi revolucionario: un acto de resistencia frente a la superficialidad, de construcción frente a la fragmentación, de sentido frente al ruido.

Y tal vez valga la pena retomar las preguntas iniciales:

¿Se escribe para cumplir… o para comunicar con sentido? ¿Se lee por obligación… o para pensar con mayor profundidad?

Porque el verdadero desafío no es escribir mejor ni leer más, sino comprender que ambos procesos están profundamente unidos.

Cuando se lee con atención, se escribe con intención.

Cuando se escribe con intención, se piensa con claridad.

Y cuando se piensa con claridad… se transforma la forma de estar en el mundo.

Tal vez ahí radique el verdadero sentido.

Porque la coherencia no solo organiza palabras… organiza la manera en que se comprende la realidad. Y cuando eso sucede, la comunicación deja de ser un trámite para convertirse en un puente: entre ideas, entre personas, entre lo que se es y lo que se puede llegar a ser.

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*Administrador de Baldemart y Asociados S.C. y docente desde bachillerato hasta posgrados en instituciones educativas públicas y privadas.

Referencias

  • Ferreiro, E. (2001). Pasado y presente de los verbos leer y escribir. Fondo de Cultura Económica.
  • Freire, P. (2004). La importancia de leer y el proceso de liberación. Siglo XXI.