Escribir bien para pensar mejor


Por: Fernando Lira Flores*

¡Hola de nuevo! Bienvenidos a esta entrega de El Ser y la Nada. Esencia y Tiempo.

Hoy en una plática -con mis dos maestras preferidas-, surgió un tema que me cautivó y que cada una de ellas abordó desde su expertice y perspectiva, y que se relaciona con este artículo de opinión del día de hoy.

Agradezco a la Doctora Ma. Concepción y la Maestra Fayne por darme ideas y mucho en qué pensar para poder haber redactado esto.

Continuamos…

Y… si al escribir un mensaje, una tarea o incluso un informe importante, las ideas no logran entenderse con claridad… ¿el problema está en lo que pensamos o en cómo lo expresamos?

La escena se repite todos los días. Un estudiante redacta una tarea, un profesionista envía un correo, una persona escribe un mensaje cotidiano, un ama de casa escribiendo un mensaje o una receta. Terminan, lo leen rápido… y lo envían. Y, minutos después, aparece la respuesta de: No entendí bien lo que quisiste decir.

Y entonces surge la duda: si lo teníamos claro en la mente… ¿por qué no se entendió al escribirlo?

La verdad es que esto nos ocurre más de lo que imaginamos. Las palabras están ahí, las ideas también… pero a veces no logran encontrarse.

Frases largas que se enredan. Párrafos que parecen no tener rumbo. Errores que interrumpen la lectura.

El mensaje existe… pero no siempre se comprende.

Pensemos en un ejemplo sencillo y cotidiano vivido en la docencia que explicita lo anterior:

Un mismo mensaje puede escribirse así: Profe no hice la tarea porque no entendí bien lo que había que hacer y además tuve otras cosas entonces pues no la pude entregar pero la hago después.

O puede expresarse de esta forma: Profesor, no entregué la tarea porque no comprendí las instrucciones. ¿Podría explicármelas nuevamente? Me comprometo a entregarla en cuanto las tenga claras.

La información es prácticamente la misma. Pero el impacto… es completamente distinto.

En el primer caso, hay confusión. En el segundo, hay claridad, responsabilidad y respeto.

La diferencia no está en lo que se dice… sino en cómo se dice.

Y entonces aparece una pregunta fundamental: ¿qué significa realmente escribir bien?

La coherencia no es únicamente una regla gramatical. Es, ante todo, una forma de ordenar el pensamiento.

Cuando una persona logra estructurar sus ideas con claridad, no solo mejora su escritura… también fortalece su manera de comprender el mundo. Como señala Daniel Cassany, escribir implica un proceso complejo donde pensar, organizar y comunicar son inseparables (Cassany, 2006).

Por lo tanto, escribir no es copiar palabras, es construir sentido.

Sin embargo, en un contexto donde la inmediatez domina -mensajes rápidos, respuestas automáticas, textos generados en segundos- la coherencia suele quedar en segundo plano.

Entonces, se escribe para cumplir… no para comunicar.

Y en ese proceso, la ortografía comienza a percibirse como un detalle menor, cuando en realidad es una herramienta fundamental para la comprensión.

Un acento mal colocado, una coma ausente o una palabra incorrecta pueden cambiar completamente el sentido de una idea. Pero más allá del error técnico, lo que está en juego es algo más profundo que es la confianza en la comunicación.

Porque cuando un texto es claro, transmite seguridad. Como plantea Álex Grijelmo, la claridad no solo informa… también construye credibilidad (Grijelmo, 2014).

Y aquí aparece una conexión que pocas veces se menciona, que es: la relación entre escritura y oralidad.

Se ha dicho en múltiples ocasiones: quien escribe con coherencia, generalmente habla con claridad.

Esto no es casualidad.

La estructura del pensamiento que se desarrolla al escribir se traslada a la forma en que organizamos nuestras ideas al hablar. Una persona que aprende a redactar con orden, aprende también a argumentar, a explicar y a dialogar con mayor precisión.

Entonces, la escritura deja de ser solo un ejercicio académico… y se convierte en una herramienta para la vida.

Pero… ¿cómo avanzar hacia una escritura más coherente?

Tal vez el primer paso no sea escribir más, sino escribir con mayor conciencia.

Detenerse.
Leer lo que se escribió. Preguntarse: ¿se entiende?, ¿tiene sentido?, ¿las ideas siguen un orden?

Ese pequeño hábito puede convertirse en uno de los ejercicios más poderosos para mejorar la comunicación.

El segundo paso es recuperar el valor de la ortografía, no como una imposición, sino como una aliada. Porque las reglas no limitan la expresión… la hacen posible.

Y el tercer paso, quizá el más importante, es comprender que escribir es también un acto de responsabilidad.

Cada texto que producimos tiene un impacto en quien lo lee. Y así… se puede confundir… o se puede aclarar, o se puede alejar… o se puede conectar.

Imaginemos por un momento dos escenarios.

En el primero, un mensaje mal redactado genera dudas, retrasa decisiones y provoca errores. En el segundo, un texto claro y coherente permite comprender la información, facilita el diálogo y mejora la toma de decisiones.

La diferencia no está en la información… está en la forma de comunicarla.

Por eso, el desafío no es menor. Ya que, en una época donde escribir parece más fácil que nunca, escribir bien se ha convertido en una habilidad cada vez más valiosa.

Y tal vez valga la pena cerrar esta reflexión con dos preguntas que merecen ser pensadas con calma.

¿Estamos escribiendo solo para cumplir… o para comunicar con sentido? O, ¿Estamos usando la escritura como un trámite… o como una herramienta para pensar mejor?

Tal vez el verdadero valor de escribir bien no consista únicamente en evitar errores, sino en algo más profundo.

Porque la coherencia no solo organiza palabras… organiza ideas. Y cuando las ideas se ordenan, la comunicación se transforma. Y entonces ocurre algo fundamental que dejamos de escribir para llenar espacios… y comenzamos a escribir para conectar.

Si leíste este artículo, te invito a dejar tus comentarios en Continuamos.mx, en la sección El Ser y la Nada. Esencia y Tiempo. Porque cuando aprendemos a escribir con claridad… *también aprendemos a pensar con mayor profundidad.

*Administrador de Baldemart y Asociados S.C. y docente desde bachillerato hasta posgrados en instituciones educativas públicas y privadas.

Referencias

  • Cassany, D. (2006). Tras las líneas: Sobre la lectura contemporánea. Anagrama.
  • Grijelmo, Á. (2014). El estilo del periodista. Taurus.