¿La inteligencia artificial piensa por nosotros… o nos ayuda a pensar mejor?
Por: Fernando Lira Flores*
¡Hola de nuevo! Bienvenidos a esta entrega de El Ser y la Nada. Esencia y Tiempo.
En algún momento de la educación enseñamos a memorizar. Después enseñamos a comprender. Hoy, en pleno siglo XXI, nos enfrentamos a una nueva pregunta que atraviesa aulas, reuniones académicas y conversaciones entre docentes y estudiantes: ¿la inteligencia artificial está ayudando a los alumnos a pensar… o está comenzando a pensar por ellos?
Continuamos…
La pregunta no es trivial. En los últimos años, la inteligencia artificial ha irrumpido con una velocidad sorprendente en el ámbito educativo. Hoy un estudiante puede pedirle a una plataforma digital que explique un concepto complejo, resuelva un problema matemático o incluso redacte un ensayo completo en cuestión de segundos.
Lo que antes implicaba horas de búsqueda en libros o bibliotecas, hoy aparece en la pantalla en apenas unos instantes.
Para algunos, esto representa una oportunidad extraordinaria de aprendizaje; para otros, genera una inquietud legítima que implicaría si ¿estamos formando estudiantes que reflexionan o usuarios que simplemente copian respuestas?
Detrás de esta preocupación se encuentra una cuestión más que versa así: ¿qué significa realmente aprender en una época donde las respuestas parecen estar siempre disponibles?
Durante siglos, la escuela ha tenido entre sus tareas fundamentales enseñar a pensar, analizar y cuestionar la realidad. La educación no ha sido únicamente un proceso de transmisión de información; su propósito ha sido formar personas capaces de comprender el mundo, interpretarlo críticamente y actuar con responsabilidad dentro de él.
Sin embargo, cuando una máquina puede producir respuestas inmediatas, aparece una tentación silenciosa que es el delegar el esfuerzo intelectual.
El estudiante puede encontrar una respuesta sin atravesar necesariamente el proceso de reflexión que le permitiría comprenderla. De ahí surge uno de los temores más frecuentes en el mundo educativo: que la inteligencia artificial no solo ayude a resolver tareas, sino que gradualmente sustituya el ejercicio mismo del pensamiento.
Pero quizá el problema no esté en la tecnología. Tal vez el verdadero desafío radica en el sentido pedagógico con el que decidimos utilizarla.
La inteligencia artificial no educa ni deseduca por sí misma. Es una herramienta. Y como toda herramienta, su impacto depende del uso que hagamos de ella.
Recuérdese que, a lo largo de la historia, la educación ha incorporado múltiples tecnologías que en su momento también generaron inquietud como: la imprenta, el libro, la calculadora, la computadora o internet, y más. Con el tiempo se comprendió que el problema no estaba en la herramienta, sino en la forma en que se integraba pedagógicamente.
El sociólogo Manuel Castells (2009) explica que vivimos en una sociedad informacional, donde el conocimiento circula a una velocidad sin precedentes. En este contexto, la verdadera competencia ya no consiste en memorizar datos, sino en interpretarlos, analizarlos críticamente y darles significado.
Desde esta perspectiva, el desafío educativo actual no es acceder a la información -porque hoy está disponible en casi cualquier dispositivo- sino desarrollar la capacidad de pensar críticamente sobre ella.
Aquí es donde la escuela adquiere un papel fundamental. Si un estudiante utiliza inteligencia artificial únicamente para copiar respuestas, probablemente esté renunciando al ejercicio del pensamiento.
Pero si esa misma herramienta se convierte en un punto de partida para formular preguntas, contrastar argumentos o ampliar perspectivas, entonces puede transformarse en un detonador del pensamiento crítico.
El problema, por tanto, no es la inteligencia artificial. El problema sería utilizarla sin reflexión pedagógica.
El filósofo Edgar Morin (2001) ha señalado que la educación del siglo XXI debe formar personas capaces de comprender la complejidad del mundo y desarrollar pensamiento autónomo. En un contexto saturado de información, el conocimiento no consiste solo en acumular datos, sino en organizarlos, contextualizarlos y comprender sus implicaciones.
Bajo esta mirada, las tecnologías digitales no sustituyen la reflexión humana; más bien nos obligan a fortalecerla.
Porque cuando una máquina ofrece una respuesta inmediata, surge una pregunta aún más importante: ¿esa respuesta es correcta?, ¿qué fuentes la respaldan?, ¿qué información pudo haber quedado fuera?, ¿existen otras interpretaciones posibles?
Ahí comienza el verdadero pensamiento crítico. Y, quizá, en lugar de prohibir la inteligencia artificial por temor a que los estudiantes “dejen de pensar”, el reto educativo sea enseñar a dialogar con ella.
Comparar respuestas generadas por inteligencia artificial con textos académicos, identificar posibles errores o debatir sus limitaciones puede convertir a la tecnología en un objeto de análisis dentro del aprendizaje.
Daniel Innerarity (2020) advierte que el verdadero desafío de las sociedades contemporáneas no es la existencia de tecnologías inteligentes, sino la capacidad de las personas para convivir críticamente con ellas.
Entonces se puede decir que: la inteligencia artificial puede procesar grandes cantidades de información, pero no puede sustituir el juicio ético ni la capacidad humana de cuestionar la realidad.
Y precisamente ahí radica el papel insustituible de la educación. La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar respuestas. Pero solo el ser humano puede decidir qué preguntas vale la pena seguir haciendo.
Les dejo con las siguientes cuestiones que espero les hagan reflexionar ante este artículo de opinión: Si hoy una máquina puede responder casi cualquier pregunta en segundos, entonces la verdadera tarea de la educación ya no será enseñar respuestas… sino formar personas capaces de hacer las preguntas correctas. Así que: ¿estamos enseñando a nuestros estudiantes a preguntar o solo a buscar respuestas rápidas?
Si la tecnología puede procesar información más rápido que nosotros, ¿no será entonces que el verdadero valor de la educación humana está en algo que ninguna máquina puede replicar plenamente: la conciencia, ¿el juicio ético y la capacidad de cuestionar el mundo?
Y, por último: En un aula donde la inteligencia artificial ya existe, la pregunta ya no es si los estudiantes la usarán o no… sino si nosotros, como docentes, sabremos enseñarles a usarla con pensamiento crítico o simplemente dejaremos que piense por ellos.
P.S. Reflexión final: Tal vez el verdadero desafío educativo de nuestro tiempo no sea competir con la inteligencia artificial, sino enseñar a pensar en un mundo donde las respuestas parecen estar siempre disponibles.
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*Administrador de Baldemart y Asociados S.C. y docente desde bachillerato hasta posgrados en instituciones educativas públicas y privadas.
Mesografía de referencia
Castells, M. (2009). Comunicación y poder. Alianza Editorial.
Innerarity, D. (2020). Una teoría de la democracia compleja: gobernar en el siglo XXI. Galaxia Gutenberg.
Morin, E. (2001). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.
