¿La escuela forma personas… o fabrica empleados?

Por: Fernando Lira Flores*

¡Hola de nuevo! Bienvenidos a esta entrega de El Ser y la Nada. Esencia y tiempo.

Iniciamos indicando que cada mes se llevan a cabo en las escuelas Consejos Técnicos Escolares, y en el bachillerato Jornadas de Acompañamiento.

Pero después de mi Jornada pensé y desarrollé esta pregunta que puede incomodar y que viene inserta en el título de este artículo de opinión.

Continuamos…

En los últimos años se han vuelto habituales en el lenguaje educativo palabras como eficiencia, indicadores, estándares, desempeño y rendición de cuentas. Suenan modernas, técnicas e incluso necesarias. Pero, ¿cuándo comienzan a definir qué se enseña?, ¿cómo se evalúa? y, ¿qué significa aprender bien?, algo se transforma en la esencia misma de la escuela y la educación en general.

Así pues, la educación dejó de entenderse solo como derecho social para gestionarse como inversión.

Así el estudiante empezó a nombrarse “capital humano o intelectual”; y el aprendizaje se volvió rendimiento medible y la calidad como puntaje. Esto se debe por la competitividad y la comparación constante entre instituciones y más aspectos relacionados hoy en día.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿en qué momento la escuela comenzó a hablar el lenguaje empresarial?

Diremos que: el cambio más profundo no ocurrió únicamente en reformas visibles. Ocurrió en el currículo; y el currículo no es neutral, esto es, no solo organiza contenidos, organiza sujetos y define qué tipo de persona se considera deseable formar.

Debe ir más allá. Si lo deseable es alguien que compita mejor, el currículo se estrecha. Y, por el contrario, si lo deseable es alguien que piense mejor, el currículo se expande.

Luego entonces, el enfoque por competencias -que podría enriquecer la formación-, en ocasiones terminó alineándose más con la lógica productiva que con una visión integral.  Y aquí se presenta un dilema educativo para quienes nos dedicamos a la profesión de enseñar: existe una tensión permanente entre el programa político que impulsa reformas y el proyecto educativo que debería darles sentido…

Y aquí aparece otra pregunta: ¿el docente está siendo reducido a gestor de resultados?

Así pues, las transformaciones económicas presionan al sistema educativo, como ha explicado muchos ideólogos y estudiosos de la educación han mencionado, el problema surge cuando esa preparación se convierte en el único horizonte posible.

Por ende, el riesgo no está en enseñar algo útil; el riesgo es confundir utilidad con empleabilidad inmediata.

Porque, también es útil aprender a deliberar sin violencia. Es útil comprender la historia para no repetir errores. Es útil distinguir información de manipulación. Es útil formar criterio. Es útil construir ciudadanía.

En México, los debates sobre la Nueva Escuela Mexicana muestran que la educación sigue siendo un campo de disputa; entre lo político, lo económico, lo tecnológico y en medio de todo lo social luego entonces, no hay un destino cierto para la educación.

Aquí está el dilema en que, el currículo puede continuar respondiendo prioritariamente al mercado o puede recuperar su compromiso con la comunidad, la dignidad y la responsabilidad social.

Y esta reflexión, no corresponde solo a autoridades o docentes; sino también interpela e involucra a las madres, padres, estudiantes y sociedad en general.

Entonces, cuando celebramos que una escuela subió en el ranking, ¿qué estamos celebrando realmente? Cuando preguntamos solo por el promedio, ¿qué dejamos fuera? O, cuando exigimos resultados inmediatos, ¿qué procesos invisibilizamos?

Por lo tanto, habría que renovar los métodos para obtener estos resultados; esto no significaría eliminar evaluación ni orden; más bien buscaría recuperar sentido -evaluar sin reducir, innovar sin mercantilizar y formar para el trabajo sin abandonar la ciudadanía-.

En el fondo, la educación siempre responde a una pregunta mayor; y no es qué ciudadano o persona queremos formar, más bien sería: ¿qué tipo de sociedad queremos sostener en el tiempo?

Si aspiramos a una sociedad que solo compita, seguiremos midiéndolo todo. Si aspiramos a una sociedad que comprenda, dialogue y transforme, tendremos que enseñar algo más que indicadores.

Cabe resaltar que el currículo no es una tabla técnica, -desde un punto de vista personal-, es una declaración ética sobre el ser humano, la sociedad y su tiempo; y, quienes trabajamos en educación no somos ejecutores de un guion administrativo, SOMOS AUTORES.

Autores del tipo de conciencia que se forma en las aulas. Autores del horizonte que proponemos como sociedad. Autores del futuro que, silenciosamente, se escribe cada día en cada clase.

Por eso vuelvo al inicio: ¿la escuela forma personas o fabrica empleados?

Y quizá, si respondemos con honestidad, descubramos que todavía estamos a tiempo de que la escuela vuelva a hablar, antes que mercado, se hable de humanidad.

Hasta el próximo artículo de El Ser y la Nada. Esencia y Tiempo, ese espacio donde no solo hablamos de educación, sino donde nos detenemos a pensar qué tipo de humanidad estamos formando cada vez que abrimos un aula.

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*Administrador de Baldemart y Asociados S.C. y docente desde bachillerato hasta posgrados en instituciones educativas públicas y privadas.