Una reflexión sobre nuestras huellas
Por: Fernando Lira Flores*
¡Hola de nuevo! Bienvenidos a esta entrega de El Ser y la Nada. Esencia y tiempo.
Tengo la creencia -sí, dije creencia-, de que cuando una idea aparece de manera reiterada, cuando alguien la menciona una, dos o hasta tres veces, vale la pena detenerse, investigarla y reflexionarla con mayor profundidad, con la intención de ofrecer una respuesta lo más honesta posible y, en la medida de lo humano, sin ambigüedades.
Este es el caso del presente artículo. La última persona que me planteó esta inquietud fue una de mis alumnas, y hoy intento responderle -y responderme- con lo que un servidor conoce y ha reflexionado al respecto.
La pregunta que me planteó fue la siguiente: ¿La vida que tengo es la que quiero… o la que he tolerado? Respondo, a mi leal saber y entender -como dirían los abogados-.
Esta pregunta no busca una respuesta rápida ni cómoda. Al contrario, incomoda porque apunta a un lugar profundo: nuestra responsabilidad frente a la vida que llevamos. Y no habla de culpa, sino de conciencia. De detenernos un momento y observar si estamos viviendo por decisión o simplemente por costumbre.
Aquí resulta inevitable mencionar a Jean-Paul Sartre, filósofo francés y autor de una de las obras que dan nombre a esta columna. Sartre afirmaba que no somos otra cosa que lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Esto implica que no elegimos nuestro punto de partida, -familia, historia, heridas, alegrías-, pero sí participamos activamente en la forma en que respondemos a ello. Ahí comienzan nuestras huellas.
Cada decisión, incluso la más pequeña, va marcando el camino que después llamamos VIDA. Por ello, preguntarnos si la vida que tenemos es la que queremos o la que hemos tolerado implica volver al origen, no para juzgarnos, sino para observarnos con honestidad. Porque la vida no se define en los grandes gestos heroicos, sino en lo que repetimos cuando nadie está mirando.
Otro pensador que ilumina esta reflexión es Martin Heidegger, cuando habla del ser en el mundo, indicando que: No somos espectadores de la vida; somos participantes. Y aun cuando no elegimos las circunstancias, siempre elegimos cómo estar en ellas. Y, muchas veces creemos que no elegir es quedarnos quietos, pero incluso ahí estamos eligiendo: elegir: esperar, posponer, adaptarnos.
De aquí surge una verdad incómoda pero liberadora: lo que no cambiamos, lo elegimos, no porque lo deseemos, sino porque lo toleramos. Friedrich Nietzsche lo expresó de otra manera al señalar que quien tiene un “por qué” puede soportar casi cualquier “cómo”. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos ese “por qué” y comenzamos únicamente a sobrevivir en la rutina.
Ahora, desde la psicología, Viktor Frankl recordaba que al ser humano se le puede arrebatar casi todo, excepto la libertad de elegir su actitud ante las circunstancias. Esto no minimiza el dolor ni romantiza el esfuerzo; simplemente devuelve al individuo algo esencial: la posibilidad de responder. Y responder, desde una postura personal, no es reaccionar emocionalmente, sino asumir dirección.
Es aquí donde la disciplina adquiere un sentido distinto. No como rigidez ni castigo, sino como coherencia. La disciplina puede entenderse como el arte silencioso de sostener una dirección incluso cuando no hay ganas. Esta idea se vincula con William James, quien señalaba que los hábitos son los grandes motores de la vida: no producen cambios inmediatos, pero con el tiempo transforman el rumbo completo.
Muchas personas creen que primero deben sentirse bien para empezar, cuando en realidad el bienestar suele llegar después del movimiento. Como se ha mencionado en entregas anteriores de esta columna: caminar un día no cambia mucho; caminar una semana mueve algo; caminar un mes transforma a la persona. Esa transformación ocurre en silencio, sin aplausos, pero deja huella.
Volver a nuestras huellas implica entonces preguntarnos: ¿qué estamos repitiendo?, ¿qué estamos postergando?, ¿qué estamos tolerando? Podríamos afirmar -sin plena certeza-, que las huellas no mienten. No son intenciones ni discursos; son acciones. Son los cinco minutos que sí hicimos o los años que dejamos pasar esperando el momento perfecto.
Al respecto, la psicología conductual nos recuerda que la vida no cambia desde la emoción, sino desde la acción repetida. Esperar a sentirnos listos suele ser una forma elegante de quedarnos inmóviles. Nadie vuelve a cero; siempre comenzamos desde lo que somos hoy, con nuestras heridas, aprendizajes y conciencia.
Asumir responsabilidad no es castigarse, es recuperar el poder de elegir. Es dejar de vivir en automático y comenzar a caminar con intención. La vida no necesita cambios espectaculares; necesita huellas conscientes, pequeñas, constantes y propias.
Quizá la pregunta no sea solo si la vida que tengo es la que quiero o la que he tolerado. Tal vez la cuestión más honesta sea esta: ¿qué huella estoy dispuesto a dejar a partir de hoy, sabiendo que cada paso, por mínimo que sea, ya es una elección?
Y queda abierta una última reflexión: Si hoy dejáramos de explicar nuestra vida con palabras y la contáramos solo con nuestras huellas, ¿dirían ellas que estamos caminando hacia lo que deseamos… o simplemente que seguimos avanzando por el camino que hemos aprendido a tolerar?
Porque al final, la vida no se justifica; se vive. Y cada paso, incluso el más pequeño, ya está diciendo algo de quiénes somos y de quiénes estamos eligiendo llegar a ser.
Hasta el próximo artículo de El Ser y la Nada, ese espacio donde no solo reflexionamos, sino donde nos atrevemos a mirar aquello que solemos evitar.
*Administrador de Baldemart y Asociados S.C. y docente desde bachillerato hasta posgrados en instituciones educativas públicas y privadas.
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